Antes conocidas como enfermedades de transmisión sexual (ETS) y mucho antes como enfermedades venéreas (relacionadas a Venus), son un conjunto de enfermedades infecciosas agrupadas por propagarse por una misma vía de transmisión: de persona a persona a través de un contacto íntimo (que se produce, casi exclusivamente, durante las relaciones sexuales). Los agentes de las infecciones de transmisión sexual incluyen bacterias (Gonococo), virus (como el Herpes, VIH), hongos (Cándida) y parásitos, como Trichomonas vaginalis, el "ácaro de la sarna humana" (Sarcoptes scabiei) o las ladillas (Phthirus pubis).
Aunque casi todas tienen tratamiento, algunas de ellas, como las producidas por virus, nunca curan de manera definitiva, sino que el agente causal permanece en estado latente, sin manifestarse, dentro del organismo al que ha infectado, reapareciendo cíclicamente. Este tipo de relación entre el organismo y el agente infeccioso facilita la transmisión de éste, es decir, la infectividad.
Del total de ITS conocidas, un 85% de ellas atacan principalmente a las mujeres y un 15% a ambos sexos. Generalmente, el mayor temor de las adolescentes es el de que pueden quedar embarazadas (embarazo no deseado), cuando en realidad el mayor riesgo lo constituyen las infecciones de transmisión sexual.
Aunque la eficiencia del uso del preservativo o condón ha sido puesta en duda en diversas ocasiones, dado que muchas de las ITS se contagian por vía cutánea o por medio de fluidos no directamente vinculados al coito, el condón no deja de ser una línea de defensa fundamental y su uso es indispensable en cualquier relación no monógama o en la que la pareja no se haya realizado los análisis pertinentes.
El arma más importante contra las ITS es la prevención, tomando las medidas oportunas por medio del uso del condón y la higiene adecuada, elementos imprescindibles para una sexualidad responsable y que reducen considerablemente el riesgo de contagio de estas infecciones.
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